Al ser desterrado de los cielos, Susano descendió a la tierra, el reino de Izumo, y la primera aventura que vivió allí constituyó un vínculo con un grupo de mitos localizados en una región que se conoce como ciclo de Izumo. El protagonista es la deidad principal de la región, Okuninushi (o Daikokusama), el "Gran señor del País", descendiente de Susano y Kusa-nada-hime, y probablemente hijo suyo.

Cuando llegó Yamato-no-orochi metió sus ocho cabezas por las ocho coberturas y se puso a beber el sake, Susano esperó hasta que el monstruo se emborrachó, salió de su escondrijo y lo hizo pedazos con sus espada. Cuando cortaba la cola del medio descubrió en su interior la famosa espada que más adelante se llamaría Kusanagi, o "Cortacésped" y después devolvió a Kusa-nada hime su forma humana y construyó un gran palacio en Suga, en Izumo.
El relato más famoso del ciclo de Izumo es el de Okuninushi y el Conejo Blanco, Okuninushi tenía ochenta hermanos y todos quería casarse con la bella princesa Ya-gami-hime de Inaba. Un día, los hermanos se dirigieron a Inaga a cortejar a la princesa, con Okuninushi a la zaga. En el viaje se toparon con un conejo despellejado que sufría grandes dolores. Le dijeron que recuperaría su piel si se bañaba en agua salada, pero esta solución empeoró su situación.

Okuninushi le dijo al conejo que fuera a la cabecera del río y se lavara con sus aguas puras y que después rodara por el suelo salpicado con el polen de la hierba kama. El conejo, que era en realidad una deidad, siguió sus instrucciones, recuperó su blanca piel y le recompensó con la promesa de que obtendría la mano de Ya-gami-hime en lugar de sus hermanos. Los ochenta hermanos se enfurecieron contra Okuninushi y las consiguientes peleas entre ellos constituyen la base de otros relatos. Estos conflictos, de los que Okuninushi salió victorioso, redujeron Izumo a la anarquía, circunstancia que aprovechó la astuta Amaterasu. Como quería extender sus dominios hasta aquella región, envió a uno de los hijos que había concebido en la competición con Susano a que juzgara la situación. Al enterarse de los problemas, la diosa del sol envió a otro hijo suyo a que subyugase la zona, pero como éste no volviera al cabo de tres años, consultó a las demás deidades y decidieron despachar a un dios llamado Ame-no-waka-hiko para que averiguase qué le había sucedido, pero este les traicionó, se casó con la hija de Okuninushi y decidió apoderarse de aquellas tierras. Pasados ocho años, Amaterasu le envió un faisán divino para que le preguntase la razón de su prolongada ausencia del cielo, Ame-no-waka-hiko le disparó una flecha, que atravesó al ave y se clavó en el dios Takamimusubi, quien se la devolvió y mató al traidor mientras estaba en la cama.
Exasperada ante tantos fracasos, Amaterasu envió a dos de las deidades en la que más confiaba, Takamimusubi y Kamimusubi, para que le dijeran a Okuninushi que debía entregar las tierras a la diosa del sol. Sentados en la punta de las espadas, que se habían incrustado en la creta de una ola frente a la playa de Inasa, en Izumo, los dioses comunicaron el ultimátum de Amaterasu, y Okuninushi impresionado ante semejante despliegue, le pidió opinión a uno de sus hijos. El joven dios le aconsejó que capitulara, a lo que Okuninushi accedió, a condición de que se le reservara un lugar entre las grandes deidades veneradas en Izumo, y Amaterasu se lo concedió. Después de Ise, Izumo es el santuario sintoísta más importante.
Tras la capitulación de Okuninushi, Amaterasu envió a la tierra a su nieto Honinigi con tres talismanes sagrados de soberanía: el espejo divino que había contribuido a que Amaterasu abandonase la cueva de la oscuridad, la espada Kusanagi que encontró Susano en la cola del dragón y las cuentas magatama de las que surgieron muchos hijos. En la actualidad se siguen regalando copias de estos talismanes al emperador en el día de su coronación.